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5.4.14

Vecinos vs. ladrones

Un cartel en un barrio de la ciudad de Santa Fe. | La Capital

Provoca escozor que una mayoría termine justificando los linchamientos, con el argumento de que “es la única forma de hacer justicia”. La prensa interesada en promover el miedo divide las aguas entre buenos, los que linchan, y malos, los linchados. Lo hacen como si no existieran aquellos que roban sin necesidad de salir a arrebatar carteras o celulares: los evasores, los explotadores que no pagan cargas sociales. Los medios y cierta dirigencia política ganan en este río revuelto. Las víctimas son siempre las mismas.   

Data.Chaco  
Editorial 

Causa escozor cómo una gran mayoría de quienes conviven a nuestro alrededor, en la familia, el trabajo, el grupo de amigos y de conocidos, opina que los linchamientos no pueden ser admitidos, pero al final terminan justificándolos.
Ocurren porque la gente (que supuestamente no delinque) está cansada de los que delinquen. Ocurren porque el “Estado está ausente”, afiliándose a los dichos del candidato presidencial del establishment Sergio Massa. Ocurren porque ni la policía ni la Justicia hacen algo. Ocurren porque, en definitiva, los que delinquen tienen “más derechos” que los que (supuestamente) no delinquen.
En definitiva, esos comentarios actúan como avales más o menos solapados de lo que son salvajes actos cometidos por personas supuestamente distintas de los que delinquen, pero dispuestas a matar como muchos de los que delinquen.
El caso que parece haber desencadenado la locura es del joven rosarino David Moreira, a quien más de 50 personas le propinaron puñetazos, puntapiés, le pasaron  por encima con una moto y dejaron tirado en la calle durante una hora, hasta que fue trasladado hasta el hospital, donde días después murió.
Ocurrió el 22 de marzo, cuando Moreira y otro joven, que logró escapar, le habían arrebatado la cartera a una mujer que llevaba a un chico en brazos, en el barrio Azcuénaga, de Rosario.
Hasta con Charles Lynch –de donde proviene lynching, linchamiento– se comete una injusticia al compararlo con estos vengadores, porque, como dice Julio Maier, “al menos él era un revolucionario, patriota de la independencia estadounidense que reaccionó contra los tories, leales a la Corona inglesa, por razones propias de la guerra de la independencia de ese país, contexto que no lo justifica pero que explica sus acciones”.
Una encuesta publicada hoy en el diario Página 12 revela que un 42 por ciento de los entrevistados consideró que “son reacciones exacerbadas”, el 31 las calificó de “brutales y condenables” y el 29 por ciento opinó que “es la única forma de hacer justicia”.
Respecto de los motivos que producen estos hechos de violencia, el 70 por ciento de las personas señaló que es “porque la gente está cansada de que le roben”. 
La prensa porteña que encuentra en la inseguridad una forma efectiva de atemorizar y desalentar, apuntando siempre a una clase media lumpen, definió los linchamientos como “palizas” o “golpizas” de “vecinos” a “ladrones”, en un intento por distinguir la palabra “vecino” de la de “ladrón”, como si ambos términos fueran excluyentes.
Sabemos que no lo son. Hay “vecinos” que no necesitan arrebatar carteras ni celulares, pero roban igual valiéndose de otros ardides y mecanismos más o menos sofisticados para hacerse de mucho más que bolsos y teléfonos.
Estos vecinos no necesitan salir a la calle para delinquir. Lo hacen desde sus escritorios, a través de la PC o el teléfono, ordenando a sus contadores, gerentes y otros empleados jerárquicos la consumación del delito.
Como dice Mario Wainfeld en Página 12, “hay personas que delinquen a diario sin que se las encuadre como causantes de la inseguridad. Pensemos en quienes cometen violencia de género o intrafamiliar. O en los abusadores sexuales. Ejercen su poder o explotan su posición de modo perverso. Dañan mucho, pueden tener una fachada respetable: ‘la gente’ no tiene motivos para abrazar con fuerza la cartera cuando los ve por la calle. Otro tanto podría decirse de los evasores, de los explotadores que no pagan cargas sociales. Son personas de bien, no desentonan si se acodan en un bar vip”. 
Sin embargo, a ningún vecino linchador se le ocurriría linchar a estos ladrones legitimados por el sistema, que cuentan con la protección de la Justicia, de los organismos estatales, de las entidades gremiales y sociales, y que tienen el dinero suficiente para cubrir sus tropelías.
Dividir a la sociedad en buenos (vecinos) y malos (ladrones) es un camino peligroso marcado por gran parte de la dirigencia política y los medios de comunicación. A ellos no les importan los altos costos de esa línea divisoria, porque, en definitiva, es río revuelto y no son las víctimas directas de la violencia que ella puede generar. Las víctimas verdaderas son los que están dispuestos a linchar y, claro está, los linchados. Los mismos de siempre.

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