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18.7.14

El cuco chino

El presidente Xi Jinping, con Cristina Fernández. | Télam.

Los argentinos no sabemos casi nada de China. Y lo poco que conocemos está contaminado por la campaña de demonización hecha por los países líderes de Occidente. Esa combinación de desconocimiento y bombardeo (des)informativo deriva en desconfianza sobre los acuerdos del gigante asiático con la Argentina. La comparación entre dos paradigmas. 

Adrián Murano  
Veintitrés 

Las personas tememos a lo desconocido. Y nos aferramos a prejuicios para justificar ese temor. Por razones geográficas, culturales e históricas, los argentinos no sabemos casi nada sobre China. Y lo poco que conocemos está contaminado por la campaña de demonización que los países líderes de Occidente vienen realizando sobre Oriente desde la Segunda Guerra Mundial. Esa combinación de natural desconocimiento y bombardeo (des)informativo derivó en la desconfianza que por estas horas exhiben políticos, comunicadores y analistas que cuestionan los acuerdos que la Argentina realiza con el país que a fin de año se convertirá en la primera potencia del planeta, desplazando a Estados Unidos luego de medio siglo de hegemonía política, económica y militar.
 Es obvio que China no es el paraíso, como ningún país lo es. En el gigante de Asia conviven méritos, dolencias y contradicciones del mismo modo que ocurre en los Estados Unidos, un imperio voraz que convirtió sus necesidades económicas en un arma de destrucción masiva. De hecho, la comparación entre los dos paradigmas del momento es un buen punto de inicio para desmalezar los prejuicios que se abaten sobre un país con matices tan ricos como su billetera. A saber:

-Democracia: en China las autoridades surgen de un complejo sistema de elecciones directas e indirectas donde conviven ocho partidos políticos, una Asamblea Popular Nacional y el Comité Central del Partido Comunista, el verdadero centro de gravedad del poder. A la manera de las democracias indirectas, el presidente es elegido por asambleístas electos por representantes distritales que a su vez son escogidos por voto popular. Este sistema de capas electorales permite que el Partido Comunista retenga la potestad de nominar a quien surja de sus pujas internas. En Estados Unidos los presidentes también surgen por la elección indirecta de congresales que, a su vez, son escogidos en comicios donde participa menos de la mitad de la población. Las coincidencias programáticas y prácticas de los sucesivos mandatarios que se alternan en la Casa Blanca evidencian que republicanos y demócratas actúan como líneas internas del Partido Único del Establishment, donde confluyen los barones del capital financiero y el complejo militar-industrial.

-Derechos humanos: las conmovedoras imágenes de represión y resistencia ocurridas en 1989 en la Plaza Tiananmen esparció en Occidente la idea de un régimen dictatorial y despótico que suprime la disidencia con tanques de combate. Por cierto, aquella represión existió, y aún existe un estricto sistema de control social que incluye la limitación de las manifestaciones, presos políticos, persecución a disidentes y un férreo espionaje interno. La enumeración de violaciones a los derechos humanos no es muy distinta de la que se le puede adjudicar a Estados Unidos, que desde el ataque a las Torres Gemelas restringió derechos civiles, incrementó la censura, practicó violentas represiones internas y externas, y sostuvo su programa de cárceles extraterritoriales –como Guantánamo–, donde los presos no tienen derecho a defensa ni a juicio, y se suceden las denuncias de tortura. En ambos países, además, las minorías suelen ser tratadas como ciudadanos de segunda.

-Empleo: la precarización laboral y los bajos costos en la mano de obra fueron un imán para las multinacionales de Occidente que se instalaron en China para hacer lo que mejor hacen: multiplicar sus ingresos con dumping laboral. Esa realidad, sin embargo, fue mutando a medida que los chinos incorporaron tecnología y conciencia. Con la primera, las empresas nacionales se atrevieron a competir en el mundo sin la intermediación de las transnacionales. Con la segunda surgieron las largas huelgas fabriles con las que se obtuvieron derechos y una mejor retribución. De todos modos, la ecuación sigue siendo favorable para las multinacionales: gracias a que el Estado garantiza el acceso a la salud, el transporte, los servicios y la educación, en China, una familia accede a la “clase media” con un ingreso anual de 3.000 dólares, un monto 5 veces menor a lo que un estadounidense necesita como salario mínimo para vivir. Ese subsidio al empleo es una ventaja competitiva imposible de imitar para las naciones que se rigen por las reglas del mercado. Y menos en países como Estados Unidos, donde se privilegia la renta por encima de la mentada “responsabilidad social empresaria”.

La comparación podría extenderse a otros rubros, pero en todos el resultado sería similar: en términos políticos y sociales, China no es peor que el país que lleva más de medio siglo gobernando sobre buena parte del planeta. Y sus primeros pasos como líder global indican que podría hacerlo mejor. Más de 800 millones de personas que sufren hambre en el mundo necesitan que así sea.

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