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El Pelafustán

31.5.15

El púgil De Narváez y la prensa distraída










De Narváez, en el barro, en Moreno. | FACEBOOK.

El precandidato de Massa le propinó una paliza al director de Nova. El periodismo corporativo apenas reflejó el hecho y centró su interés en el pedido de perdón del diputado. Si el agresor hubiese sido un kirchnerista, el escándalo habría cobrado proporciones planetarias. La andanada de La Nación contra el CCK y otras hipocresías. 

Datapuntochaco | ANÁLISIS 

El precandidato a gobernador de Buenos Aires por el frente de Sergio Massa, Francisco de Narváez, dijo sentir vergüenza y estar arrepentido por haber atacado a golpes a un periodista. El hecho cobró estado público por la denuncia que hizo la víctima, Mario Casalongue, de la Agencia Nova, pero los diarios corporativos del país le dieron escasísima cobertura al bochornoso episodio protagonizado por un diputado nacional, de cuyo trabajo como legislador poco y nada se sabe, con excepción de que en 2014 faltó al 54,3% de las votaciones en la Cámara baja del Congreso. 
Ni Clarín ni La Nación, los diarios más importantes del país, citaron en tapa el rapto de violencia de De Narváez, que, enojado por una publicación de Nova, irrumpió en la redacción y le propinó una brutal golpiza a Casalongue. De Narváez, acompañado por un agente de seguridad privado, ingresó en el despacho del director de la agencia y le pegó una piña en la boca, que lo dejó inconsciente, según contó el propio Casalongue.
“Al momento de la agresión, además del responsable de este medio, se encontraban en la redacción tres periodistas, que observaron perplejas el violento accionar [sic] del empresario mediático, quien también se dirigió a ellas de forma increpante, exigiéndoles que borraran del portal de noticias una nota referida a su persona, algo a lo cual accedieron las reporteras con lógico temor ante la ira del autoritario legislador”, describió Nova. 
“Cometí un error. No debí reaccionar como reaccioné. Siento vergüenza, me arrepiento y pido disculpas”, escribió el diputado devenido en pugilista en su cuenta de Twitter.
No llama la atención la distracción de la prensa corporativa respecto del caso que involucra a uno de los propietarios de América y radio La Red. “De Narváez, tras la agresión: ‘Siento vergüenza, me arrepiento y pido disculpas’”, tituló Clarín.  “De Narváez se disculpó por agredir al dueño de un sitio web”, informó  La Nación. 
Ninguno de esos medios entendió el episodio como un “ataque a la libertad de expresión”, como suelen hacer cada vez que desde el oficialismo se opina de la prensa. La corporación mediática suele reaccionar con intemperancia cada vez que desde el Gobierno surgen críticas. Sin embargo, cuando hay golpes en serio, se limita a describir el pedido de disculpas del agresor.
Todos imaginamos cómo habrían sido las tapas de los principales diarios argentinos si, en vez de De Narváez, el ataque de furia contra Casalongue hubiese sido perpetrado por un kirchnerista.
Según difundió Télam, la nota que publicó la Agencia Nova, y que luego borró de su portal, hacía referencia a cuestiones íntimas del matrimonio De Narváez y carecía de rigor periodístico. Ante eso, De Narváez eligió el camino de la violencia para salvar su “honor”, lo que, para algunos periodistas, fue una reacción “entendible” porque se trataba de su familia.
Ahora bien, esos mismos periodistas no serían tan comprensivos si la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su familia reaccionaran ya no a golpes sino tan solo con un exabrupto ante el ataque sistemático de la prensa corporativa, que, resuelta a renunciar al ejercicio del periodismo, se da el lujo de informar en potencial y, lo que es peor, con lo falso como verdadero. Es el periodismo de lo falso, como señala la docente de la UBA Sandra Massoni, en un artículo en Página 12, sobre las prácticas periodísticas en las que parece normal que las noticias no se vinculen con los hechos. 
La decana de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad de La Plata, Florencia Saintout, se expresó claramente respecto del episodio del precandidato del Frente Renovador en Twitter: “Nova es una agencia impresentable y mercenaria. De Narváez un antidemocrático y patotero”.
Más allá del carácter ominoso de la nota de Nova, la reacción de De Narváez es repudiable y condenable. Mucho más aún, porque se trata de un diputado de la Nación, cargo al que debería renunciar si realmente su vergüenza fuese auténtica. Pero, como está librado de la presión de los grandes medios, es muy probable que el candidato de Massa ni siquiera haya pensado en esa posibilidad.

¿Y si fuera Macri?

Da asco cómo los medios en general manipulan, relativizan y ocultan información según sus intereses. Da asco cómo miden con distinta vara los hechos y las opiniones.
El editorial que el diario La Nación le dedicó al Centro Cultural Kirchner (CCK), con el título la “banalidad de lo monumental”, ya no es solo la mirada interesada de un medio sobre una obra, sino el afán irracional de no avalar nada que haga el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.  
La andanada contra el centro cultural más importante de la región incluye, claro está, su nombre: Néstor Kirchner. “Calles, rutas, escuelas, hospitales, clubes, gasoductos, represas, campeonatos de fútbol y hasta un aeródromo se llaman Néstor Kirchner, en respuesta a la simple voluntad política del administrador de turno”,  se queja el editorialista, sin tener en cuenta la advertencia lanzada por la presidenta el 25 de Mayo, cuando dijo: “Si es por criticar nombres, nosotros podríamos revisar los nombres de muchas calles”.
Luis Bruschtein, en Página 12, señala con acierto que resulta “casi una broma de la historia que La Nación sea portavoz” del reclamo contra esos supuestos abusos del Gobierno “porque si hubo alguien que quiso apropiarse de la historia y lo hizo fue Bartolomé Mitre (…) Su historia argentina y su diario [La Nación] fueron concebidos como armas de la disputa de un hombre siempre a la ofensiva, dispuesto a todo para instalar su ideario conservador porteño”. 
Además de esa hipocresía, se destaca el comentario final del artículo: “Cabe seguir preguntándose si semejante inversión era necesaria en estos momentos en que otra vez la crisis económica pone en jaque a la mayor parte de la sociedad. ¿Ahora, con una administración que está en los últimos meses de gobierno? Sin dudas, se está frente a una obra realizada fuera de tiempo, de lógica y, sobre todo, de cualquier consideración ética”. 
Es recurrente en los medios de la oposición pretender instalar el mensaje de que, como la presidenta se va en diciembre, todo lo que hizo, hace y hará el Gobierno hasta esa fecha carece de validez o legitimidad, y machacar con una supuesta crisis económica que no da margen para más que la austeridad, pese a que los números indican que Cristina dejará en diciembre un país mejor que el que recibió Néstor Kirchner en 2003, cuando el desempleo había superado el 20%, la pobreza el 55% y la deuda externa era de un PBI y medio. 
Siguiendo la línea de lo anterior, ¿qué habría dicho La Nación si el centro cultural abierto en el antiguo edificio del Correo lo hubiera inaugurado Mauricio Macri? ¿Diría que es un monumento a la falta de transparencia? ¿Lo consideraría la gema más preciada de la corona macrista?  

Distracción correntina

En Corrientes, hace unos días, la Justicia determinó que la empresa de electricidad de la provincia, DPEC, no puede dejar a los usuarios sin luz en caso de mora por el primer bimestre de 2015, a la espera de explicaciones oficiales sobre un aumento de la tarifa eléctrica, en una causa tramitada por el defensor del Pueblo de esa provincia, Miguel Alegre, contra ese ajuste implementado por el gobierno del radical Ricardo Colombi.
El interventor de la empresa, que es a su vez ministro de Economía, contradijo la decisión judicial y advirtió por los medios que el que no paga se quedará sin luz. Nadie puso el grito en el cielo por semejante afrenta. Ningún medio de prensa habló de ataque a la Justicia ni de desobediencia.
Hasta los radicales, que se muestran como celosos custodios de la república, hacen caso omiso a los tribunales cuando les conviene. Si eso hubiese ocurrido en algún lugar donde realmente funcionan las instituciones, el ministro habría tenido que ir, cuando menos, a dar explicaciones al parlamento. En Corrientes, nadie escucha ni ve nada. 

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