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El Pelafustán

6.4.18

El fácil oficio de imputar






















Se reproduce aquí un artículo de Mario Wainfeld publicado en Página 12, con el título Natacha, intratable y suelta. Sin compadecerse de Jaitt, el autor enumera imputaciones caprichosas y noticias falsas publicadas en la prensa este año que son más graves que las calumnias de la mediática. 

Mario Wainfeld | PÁGINA 12

Natacha Jaitt se preparó bien para cenar con Mirtha Legrand. El coaching se notó en su destreza para monopolizar el programa, con la inestimable cooperación de la conductora que parecía pintada (en sentido figurado) y de los productores. Vistió pilcha elegante, aunque no provocativa. Se cuidó mucho de confrontar con Mirtha o de interrumpirla. Supo callar mientras conversaba la madre de un soldado fallecido en Malvinas, diálogo que se intercalaba con la colección de calumnias y la narrativa sobre pedofilia, mescolanza digna de Luis Buñuel o de Diego Capusotto. Colaba sus mantras –“pedófilo” o “pedófilo con HIV”– como insert en todo momento o dentro de largas parrafadas. Se “sacó” una sola vez y se excusó al toque con la dueña de casa.
Observada en vivo, como hizo este cronista, asombraron su desenvoltura y la impunidad con que se manejó. Fuera de eso, Natacha no agregó novedad a lo que se comenta en la tele especialmente o en otros medios. O, mejor dicho, innovó solo al elegir el target de las personas difamadas: no es el que a diario es basureado, agredido y culpado de delitos tremendos sin ofrecer pruebas, indicios o, así más no fuera, una pizca de coherencia en el relato.
Jugó de local porque le prestaron la pelota. Las reacciones posteriores son usuales, emitidas por protagonistas no habituados a estar en el centro de rumores o versiones perversas.
Se da por hecho que medió “una operación de los servicios”, especie formidable para la denuncia porque es, simultáneamente, verosímil e imposible de probar.


Enumerar imputaciones caprichosas de delitos graves e informaciones falsas propalados en los años recientes excedería la longitud de esta columna y, tal vez, la paciencia de quienes las leen y están ahítos.
Enumeremos, apenitas, unas pocas de este año, seleccionadas en parte de memoria, en parte por sistema Random.

-Un editorialista y un periodista del diario Clarín afirmaron en sendas notas que una pericia del Instituto Balseiro comprobó que Rafael Nahuel tenía rastros de pólvora en sus manos. No fue el Balseiro sino el Centro Atómico Bariloche, admitamos que es un detalle. Pero, además, la pericia comprobó la inexistencia de esos rastros. Se falseó data para “incriminar” o enchastrar a la víctima de un homicidio calificado, cometido por efectivos de la Prefectura nacional. El difamado tenía 20 años, está imposibilitado de defenderse.                                

-El periodista Eduardo Feinmann reporteó a Gabriela Baigún, la fiscal que dictaminó a favor de levantar la prisión preventiva del exsecretario Legal y Técnico Carlos Zannini y de Luis D’Elía. El dictamen, convalidado por las dos juezas del Tribunal Oral Federal, es ajustado a derecho lo que reconoce, con circunloquios, la mismísima prensa oficialista. Minucia que no libera de sospechas a la funcionaria y las magistradas. La pregunta es por qué hicieron lo correcto, actitud sospechosa, por la parte baja.
Feinmann acusó a Baigún de pertenecer a Justicia Legítima, a la que se equipara con la Cosa Nostra. Y aseveró que los procesados debían permanecer presos porque son “dos im-pre-sen-ta-bles” (silabeado en el original) y por haber cometido traición a la Patria. La fiscal le explicó con calma que la Cámara volteó ese cargo absurdo: se los lleva a juicio oral solo por encubrimiento. El reportero porfió: “Yo siento que son traidores a la patria”. Para Feinmann, abogado él, sus (dis)gustos estéticos constituyen delito y las percepciones de un energúmeno equivalen a semiplena prueba penal.

-Editorialistas de los diarios Clarín y La Nación acusaron de haber cometido delitos a los dos camaristas que resolvieron liberar al empresario Cristóbal López y recaratular la causa en su contra. Informaron que uno de ellos recibió un suculento soborno con el uso de verbos en potencial como débil coraza. Dieron cuenta del importe presunto del cohecho: dos millones de dólares. Como Natacha, se autoeximieron de ofrecer evidencia, indicios, un datito que diera volumen a la grave acusación.
Sin autoridad para aconsejar a nadie ni voluntad de ponderar la racionalidad de inversiones non sanctas, a uno le cuesta creer que alguien pague esa fortuna para conseguir una decisión apelable, que según todo lo indica, será revocada en pocas semanas, cuanto menos en lo esencial que es el delito que se atribuye a López.

-Las escuchas a la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner se propalan semana a semana. Supuestamente ordenadas para combatir al crimen organizado ilustran al público sobre cuántas veces le dice “boludo” al exsecretario general Oscar Parrilli. O habla sin silenciador sobre terceras personas.
El escándalo se mantuvo en pausa un lapso larguísimo, estalló ahora. El Poder Judicial, la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) se enrostran mutuamente incumplimiento de deberes de funcionario público sin usar jerga técnica. Surge una interna entre la Corte y jueces de otras instancias. Alguien ha de tener razón… por ahí todos.
Pero a nadie se le ocurre incautar las cintas, limitar su difusión o pesquisar en serio quién las filtró, violando sus obligaciones. Ningún fiscal presenta una acusación contradiciendo la tradicional productividad de Comodoro Py en inventar cargos penales, con penas altísimas.

-Se ha transformado en hábito difundir números de celular o imágenes de los domicilios de familiares de opositores políticos o gremiales. Eventualmente hay menores o personas muy jóvenes, ajenas a toda actividad pública.
La vindicta invade la privacidad, infunde miedo, instiga al bullying, zahiere a quienes los propios inquisidores reconocen inocentes.

Jaitt –que se no se privó de casi nada durante la cena que comentamos– no llegó a tanto.


Gritar, pontificar sobre lo que ignora, interrumpir o maltratar al interlocutor son menú cotidiano en la tevé. La supuesta lógica del panelismo rinde. Cuando se sale de cauce (como en esta ocasión) hay quien se autoinculpa de haberse dejado llevar por el afán del rating. Como si el rating no constituyera la esencia de un modo de comunicar, una elección de quien emite y no una deidad caprichosa que manipula a seres frágiles.
Más allá de Jaitt, la tertulia chez Mirtha incluyó derrapes atroces: una comensal inquirió al aire por qué los chicos no denunciaron antes. Repitió el sonsonete machista sobre la culpa de quien calla, por miedo, pudor, temor reverencial o lo que fuera. La revictimización en acto, banalizando la explotación de menores, pobres, con ansias de hacerse camino en el mundo mágico del fútbol.
Los escándalos conllevan esa funcionalidad: esconder lo esencial, duplicar la explotación que es en conjunto capitalista y sexual. Escamotear al poder, que subyace en cualquier maltrato.
Las personas agredidas o damnificadas exigen derecho a réplica, podrán demandar a Jaitt. Esta, una intrusa en el mundo del espectáculo tal vez sea castigada de un modo u otro. Cero motivos para compadecerla. Es una partiquina de un sistema informativo que, como una versión degradada del rey Midas, transforma en mierda todo lo que toca.
Con perdón de la palabra, doña Mirtha.

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